Parecía que los niños de los predicadores sagrados cátaros se multiplicaban. Eran incontables.
Los niños tenían apego a los cátaros, viendo en ellos su salvación. Y los cátaros hablaban con ellos como iguales, mirándolos como a sus salvadores. Es más, los suponían superiores, perfectos, ángeles en carne viva. Aprendían de ellos, repetían las palabras de Cristo: “Sed como niños” .
Se maravillaban del modo como los niños atendían a los secretos de la Sabiduría.
“Estamos apresados en esta tierra. Estamos arreados como el ganado por culpa de alguien... pero hemos venido por nuestra voluntad y ahora tenemos que salir a la libertad.”
Los niños sorprendidos preguntaban:
“¿Qué es libertad entonces? ¡El mundo es tan bonito!”
Y entonces los cátaros les descubrían la verdad sobre los amaños del diablo, sobre el gran engaño de Lucifer, sobre lo vanal de este mundo, el porque los hombres enferman, porque la muerte, porque la lujuria, de porqué se mata, se engaña, porqué se derrama por todas partes la sangre inocente y no hay verdad en la tierra.
“!No queremos vivir en un mundo así! ¿Acaso hemos venido a este mundo para ser cómplices de estos estafadores? – preguntaban de corazón los niñitos de Occitania. – ¿Qué podemos hacer para cambiar esta vida?”
¿Qué podemos hacer para cambiar esta vida?
“ E s necesaria la creación interior, - contestaban los padres cátaros. - el mal se supera por la acción del Espíritu Santo, por el voto de la pureza y la vida santa y la ascensión por las escaleras de la perfección”.
Los cátaros no tenían que esforzarse mucho en convencer a los niños. El ambiente de grandísima piedad, los aires fragantes en torno a ellos, sus faces angélicales les influían sin palabras y les incitaban a ser iguales.
Los mismos niños podían ver cuanto mal e injusticia les rodeaba. Ahora un ladrón le robaba la gallina a su madre, ahora el cura se embriagaba, ahora el padre peleaba con alguien, ahora los chicos trataban mal a otro, ahora... ¡Oh, horror! “Nadie me necesita. ¿Para qué he venido a este mundo? Nadie me quiere”.
Siendo desde su nacimiento como corderitos sacrificados, los niños aspiraban a estar en les ecoles de Sainteté, las escuelas de la Santidad perfecta.
Los tutores les enseñaban sobre el potencial de la virginidad, escondido en cada persona. Había que conservarlo en la edad adolescente: no permitir que el hogar de la concupiscencia (zhupel) se abriera, reprimir sus primeras intenciones.
“Para hacerse un guerrero fuerte, no hace falta reclutarse al ejército real o combatir al lado del papa. Se puede desencadenar una batalla espiritual y alcanzar la perfección. La batalla interior es más compleja y más apreciada.
Lo exterior da muerte, sangre, locura, víctimas inocentes, y al final, la vanidad y el vacío. Mientras la batalla espiritual da mucho provecho al hombre. Se hace dueño de sus pasiones. Obtiene el poder sobre su voluntad y la corona del vencedor, por haber despreciado todas las tentaciones. A través de los esfuerzos heróicos se gana la corona de la victoria sobre el príncipe de este mundo.”
La educación en la escuela cátara
La educación en la escuela cátara tenía el caracter más espiritual, el de confesión y oración (aunque muchos intelectuales cátaros se caracterizaban como muy cultos y leídos, conocían perfectamente las culturas antiguas y los idiomas). Los “zhupelos”, la energia de la concupiscencia no maltrataba a los adolescentes. El ambiente cátaro propagaba la virginidad del Grial, la consagración a la Virgen ejercía su efecto benéfico.
Los niños cátaros pasaban felizmente el periodo pubertal y entraban en la madurez siendo vírgenes luminosos, lo que muchos veían como un milagro del cetro cátaro de la benedicción.
“Lo de los “herejes” puros – se entiende. ¿Pero que los niños sean libres de la lascivia y el mal, claros y transfigurados? ¡Nunca jamás la tierra engendró a los niños así! ¡en ningún lugar, ni en Lenguadoc, Lombardía o Catalunya nos hemos encontrado a los niños tan hermosos como los de los cátaros” – decían las personas todavía no convertidas pero que ya estaban inclinándose a la fe verdadera.
Los niños escuchaban y querían con locura a sus maestros. Al ver lo persiguidos y calumniados que eran sus tutores, desde que tenían 9 años les daban el voto de la fidelidad a sus padres, y estaban dispuestos a compartir su cruz y subir junto con ellos a la hoguera. Con gran voluntad hacían su pequeño Consolamentum adolescente.
Los misterios cátaros del Dios bueno de otro mundo, los percibían con efusión y de forma natural, sin necesidad de largas persuasiones.
Los Perfectos cátaros formaban un ideal a la vista de los niños. A los seres angélicales no les daba la gana de entregarse a la concupiscencia y a la perversión, como las fieras con pies de cabra. Querían ser como los ángeles.
Deseaban escuchar a Cristo y María.
“¿Podemos ver a Diosito? – preguntaban a menudo. - ¿Es verdad que la Madre de Dios vendrá a vernos? ¿Qué dijo ayer la Santísima Madre a nuestro profeta?”
Los buenos tutores cátaros irradiaban gran sabiduría y bondad. En sus palabras y en su imagen había más de lo que los niños podían percibir.
Los cátaros elaboraron una enseñanza única sobre las posibilidades interminables de divinizarse, que eran posibles para los niños. “La mente del niño se caracteriza por la pureza y la curiosidad por las esferas divinas, - afirmaban ellos. - Sin embargo, con el paso del tiempo el alma va absorbiendo los conocimientos racionales y las costumbres adultas. Si no lo paramos a tiempo, el alma se sumergirá en las nubes brumosas mundanas y llevará mucho tiempo divagando perseguida por las pesadillas de este mundo”.
Lo que pasaba con los niños en las comunidades cátaras era milagroso. La fama de los extraordinarios niños - profetas, niños - ungidos, niños - ancianos, conducidos por la Virgen Purísima , que veían a Cristo, resonaba en toda Europa.
Muchas familias deseaban enviar a sus hijos a las escuelas de los cátaros. Otros se dirigían a ellos solo porque se escuchaba de todas partes: “¡Mirad, que niños más bonitos los de las familias cátaras! ¡Qué escuelas más buenas! No estaría mal que nuestra hija estudie allí. Los niños de allí son hermosos, puros, nobles, bien educados. Nunca mienten, siempre tratan bien a los demás, son pacientes y modestos”.
Los niños cátaros pasaban mucho tiempo al aire libre, recogían flores. Oraban largamente y escuchaban historias sobre el Señor, sobre la Madre de Dios, sobre el Dios verdadero con un interés asombrosamente puro.
Eran felices y no querían irse al mundo. Al hacerse mayores, muchos de ellos suplicaban a sus tutores que les dejaran quedarse en los monasterios y castillos. Y muchos de ellos formaron al final la élite y la flor de la espiritualidad cátara.
Lo que más sentían los niños era el hálito de Espíritu Santo en sus maestros
Lo asimilaban con una facilidad increible. Y el Espíritu Santo los quería infinitamente por su pureza congénita. Los niños les pagaban a sus tutores con su fidelidad – hasta el martirio, hasta la muerte – por lo que éstos les habían agarrado de las patas del engañador malhechor y les habían descubierto una nueva vida, posible en la tierra.
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Sobre el amor de los cátaros los trovadores componían poemas. Los cátaros convertían a la gente no con la ideología, los misterios, las amenazas, sino con el amor.
Creían que el amor daba el único poder sobre las almas. El amor supera todos los argumentos racionales y razones que hay en la tierra.
Los que alcanzaban las alturas del amor espiritual lo expandían a su alrededor. El ambiente estaba colmado de amor. Cualquier cosa que hiciera una persona, una sola mirada cátara irradiaba una luz ultracelestial.
Ni se trataba de las pasiones, intenciones, peleas. El inicio inmaculado de la Virgen Purísima fue incuestionable. La virginidad quitaba la necesidad de autoanálisis, la sumersión en lo subconsciente y de los demás métodos necesarios de la ayuda a los pecadores empedernidos.
Los cátaros casi desde el nacimiento guardaban la pureza y la virginidad del espíritu. El Espíritu Santo, el Espíritu del amor lo buscaban y lo encontraban hasta siendo niños o adolescentes.
Profetizaban, hablaban de los misterios de Cristo leyendo los destinos del hombre. Y exhalaban la luz del Altísimo que no está en la tierra corrompida por el diablo.