Parece una paradoja, un fenómeno puramente negativo el hecho de renunciar al mundo y su príncipe (una purificación doble, concéntrica). ¿Renunciar hasta cuándo? ¿No habrá en ello un elemento negativo, un elemento de la desesperación?
Pero en realidad se descubre el Dios del amor y la bondad cátara. De ello se trata.
La bondad
1 . No, no es envano la existencia de la expresión que se refiere a los cátaros: “Buena gente”. La bondad celestial, ideal, los cátaros la establecían como una virtud suprema. De la bondad especial, cátara, incomparable, sin igual, determinaban los frutos de la penitencia y de la renuncia.
Un ser humano transformado luce una bondad angelical. Pero esta bondad es de un género particular, mejor dicho, es el calor del fuego del Espíritu Santo, una mecha que no se apaga en los pulmones. Infinitamente atractiva es la bondad-amor, la disposición de servir hasta el final, sin fronteras, sin leyes, sin definiciones. Una bondad que no necesita nada más, la bondad como tal, una bondad que trae paz y alegría, una bondad, posible en un hombre transformado.
Los cátaros consideraban la bondad un estado especial, propio sólo del puro. Ellos negaban su existencia en un adamita no transformado. El Rex mundi, el príncipe de este mundo es un hipócrita. Sólo toma el pelo del que es bondadoso. Su bondad es un mal, apenas disimulado. Un hombre decrépito sea bueno o malo, despide un olor a gula y a pasiones insuperadas, procedentes del Rex mundi. La bondad tiene valor en los triunfadores, en los transformados.
Los cátaros piden tomar la bondad como un fenómeno existencial, como un estado positivo interior, renunciando por completo a los pensamientos, a las preocupaciones o a lo que sea.
Dios es bueno y desea entregar Su bondad a Su creación. La bondad cátara es a imagen y semejanza del Dios bondadoso. Es un síntoma de la victoria sobre los espejos torcidos del Rex mundi. Es, en realidad, un premio por una serie de renuncias heróicas y hazañas inminentes por el camino hacia la salida de la “zona de concentración”.
La paz
2. Sin la bondad como un carisma celestial es imposible alcanzar la paz obsequiada de Cristo. Sí, sí, - recuerdan los tiernísimos corderos cátaros de procedencia celestial, - ¡la paz no es de este mundo! El perro rabioso ( el príncipe de este mundo) la odia. Lo único a que aspira es involucrar al hombre en sus aventuras asquerosas, tirar de las cuerdas haciendo los problemas interminables. ¡Rechaza al príncipe de este mundo , a la fuente del mal! Y llegará una paz indescriptible en el interior. La paz despues de las batallas interminables.
El premio por las infinitas batallas e inevitable armadura espiritual de la caballería (las virtudes obtenidas) son la paz y bondad indescriptibles. Los cátaros se saciaban de ellas, las disfrutaban. Durante sus vigilias nocturnas nada mundano les interesaba. Aspiraban a encerrarse en los castillos de Montpellier, Carcassone, Beziers, Lampedusa para calmarse bajo los inagotables derramamientos de paz y bondad celestial.
La belleza
3. Me maravilla su nobleza, su belleza de otro mundo, su lenguaje especial. La belleza, igual que la bondad, sólo es posible en lo puro, fuera de los imanes de la lujuria. Se atormentan las almas bajo la influencia del príncipe de este mundo . Buscan su “imperativo categórico” en las formas estéticas perfectas, unos principios eternos. Pero donde ven la belleza, no la hay. La auténtica belleza consiste en llegar a ser un legítimo hijo de Dios, lo que significa para los cátaros heredar los rasgos del Dios bueno, pasar por la heróica metanoia (la transfiguración interior).
No existe semejante belleza en las imágenes terrenales. Profanadas son la paz, la belleza y la bondad. En nuestro Dios (Él Elión) empiezan los ideales, propios del hombre desde el inicio. Y no encuentro palabras, llenándome de la belleza de los caballeros y las mirróforas cátaros.
A las últimas quiero mencionarlas aparte. El mundo jamás había conocido semejante belleza de las mujeres perfectas, semejante especie de muejres. Las Perfectas Cátaras, las flores fragantes de adamitas resucitados – serafitas – Esclarmonda, Eleonora, María (Atlántica)... Luciendo una perfecta belleza cátara están al nivel de la beata Eufrosinia, Serafin el Enternecido.
El fenómeno cátaro es único. “Los perfectos” implica: una bondad, belleza, valentía, fidelidad trascendental – lo que no existe en la tierra. Es más, ni siquiera en el cielo.
La valentía
4. No menos que la belleza me encanta su valentía. Los cátaros del siglo XXI equivalen a las ordenes angelicales del fuego. Ningun guerrillero de La Segunda Guerra Mundial ni heroicos clandestinos de los regímenes autoritarios se comparan con ellos. Igual que la Madre Sabia tolera lo pasional e incluso más – inaguantablemente pasional al borde de lo posible, los ancianos cátaros revisten lo interior con la bondad que consuela. Y en ella están los tesoros del Espíritu Santo, que he enumerado.
Las virtudes e ideales humanos (paz, bondad, belleza y valentía) están selladas por el Espíritu Santo. Pero como ideales son tan atractivos en sus portadores vivientes (de otro mundo, de la quinta dimensión), que arrastran en pos de sí.
Como en los días terrenales el pueblo aspiraba a la milagrosa Gente Buena, jamás vistas en la tierra, a los misteriosos extraterrestres, que vinieron del cielo, hoy van a aspirar a la espiritualidad cátara, la más conveniente para la conciencia europea. ¡La fama de los cátaros recorrerá todo el mundo!
La espiritualidad
5. La espiritualidad preponderante como una ascensión interminable es su quinto fenómeno existencial después de la bondad, paz, belleza y valentía.
La espiritualidad, desgraciadamente, lleva un carácter negativo, destinado a borrar. Las milagrosas escrituras sobre la pantalla blanca del Cáliz del Señor no aparecen antes de que el devoto de Cristo cátaro borre en sí las imágenes malvadas y dolorosas de este mundo. Pero una cosa es pelear contra el espíritu del mundo y otra - contra su príncipe. El Rex mundi es el creador del espíritu del mundo. Es él quien organiza y dirige los programas fatales de este mundo.
A los principiantes les causaba una perplejidad santa la composición cátara. Después de una corta comunicación con los Perfestos, resultaba evidente que son personas no de este mundo de origen. Cuando se les preguntaba cómo, de qué manera habían llegado a ser lo que son, los cátaros contestaban, sonriendo: “Renunciando al príncipe de este mundo . Somos así desde el principio de los siglos. Así es el hombre en el Seno del Altísimo”.
La batalla espiritual
6. El sexto estado cátaro después de la espiritualidad (o, más exactamente, su consecuencia) hay que considerar la batalla excepcional. Es posible triunfar en ella sólo con la ayuda de los castillos cátaros, concilios y hermandades.
Los sabios ancianos cátaros contaban siete rangos de la lucha contra el príncipe de este mundo , que no dejaba en paz ni siquiera a los triunfadores. Los coronados no descansaban en los tronos como la pecadora (el capítulo 18 de la Revelación de Juan), sentada en su trono sin preocuparse por nada, hasta que los santos la expulsan durante tres días. La batalla sólo crece hasta el último minuto de la muerte.
Una compasión sorprendente y un amor conmovedor í simo inspiran estas personas valientes, que no temieron persecusiones. Los cátaros sobrevivieron su infierno de hielo del desierto de GULAG, sus celdas de tortura y celdas solitarias, su inquisición... ¿No será ésta la causa por la cual encontraron mucho en común con los presos de GULAG rojo en las heladas tierras del norte de Rusia, al visitarles en el espíritu?
La batalla sigue aumentando hasta adquirir el carácter de los torbellinos del Gólgota. Así es como predisponen los cátaros más espirituales y experimentados. No se puede subestimar a nuestro rival. Este animal rabioso de color púrpura, montado por una pecadora de mejillas rojas no sólo es peligroso, pero también muy astuto y pérfido. Millones de almas, vampirizadas y en realidad, matadas por él, cumplieron con su tarea. Además, nuestro enemigo sació su sed con la sangre de los santos.
La hermandad cátara
7. De los cinco sagrados ideales cátaros (la paz, la bondad, la belleza, la valentía, la espiritualidad) provienen las formas inevitables de la externa perfección cátara: la enseñanza que proviene del padre bueno (madre buenísima) con el sello de la Virgen en la frente y la entrada en la fogosa hermandad cátara.
Los anacoretas cátaros lucen una bondad celestial. Desconocen la impasibilidad que culmina a menudo en la indiferencia del verdugo hacia su víctima sufriente. La clausura no cierra el corazón y supone conservar la tesorería interior, donde están guardados los enumerados “imperativos categóricos” de la civilización cátara, lejos de los peligros del mundo. Lo único para que sirve la clausura es para experimentar cuanta más bondad posible, para que aumente la infinita bondad de “nuestro Altísimo”. Y cuando la bondad celestial alcanza un límite definido, los cátaros abandonan sus celdas para transmitir la bondad del Altísimo, sirviendo.
En la clasificación cátara, inalcanzable para los que no estaban iniciados, existía no menos de 300 (500 en otros pergaminos) medidas para determinar la pureza alcanzada. El cátaro (puro) es la fuente de una bondad purísima, transfigurada en la tierra. Un ser que descendió del cielo, a pesar de su procedencia terrenal y semejanza al cuerpo humano. Llama su carne a semejanza de Dios y no del hombre.
Los cátaros no obligaban y no forzaban a nadie. Tampoco había estrictas reglas definidas por el reglamento o leyes bárbaras que obligaran a maltratar la carne, mortificarla, crucificar, luchar contra las pasiones. Los cátaros empezaron por desprender la bondad y la paz e invitaban a sus queridos hijos a compartir una alegría incomparable, paz y bondad.
“¿Y eso es todo? – preguntaban con inocencia los que acudían a ellos, – ¿es todo lo que se nos exige? Estoy acostumbrado a ganar mi pan de cada día con el sudor de la frente, esperando con tensión a cada instante algún mal o engaño de cualquier parte. ¡Y aquí nos proponen empezar por... el Reino Divino! ¡Si es que tengo bondad!” Tan sólo este paso inesperado de espiritualidad cautivaba para siempre.
Los cátaros esperaban la hora de cumplirse el grado de lo inicial y el alma adquiriría la paz en las comunidades cátaras. Entre ellos, los Perfectos lo llamaban el primer grado de derramamiento del Espíritu Santo-Consolador. Al colocar al principiante entre los suyos, los cátaros rezaban por él con fervor, elevando el alma a las esferas de otro mundo, a la esfera de la oración de Cristo, abierta para ellos, oración pasional, que abarcaba a toda la humanidad, con la separación de la cruz y el cáliz (primero de pecado para los pecadores y después extático para los purificados y Perfectos).
Los monjes neófitas (llamémosles así tradicionalmente) disfrutaban del ambiente de paz y tranquilidad entre sus hermanos y hermanas queridos. Sus labios no dejaban de pronunciar: “hermoso hermano”, “hermana celestial”, “padre dulcísimo”, “mi querida buena madrecita”.
“¡Oh, si supiera la gente, qué vida es posible en la tierra! Dejarían sus preocupaciones y empresas mundanas y se harían sencillos, como nosotros”, – exclamaban como niños los que pasaban los grados iniciales de la obediencia en la escuela cátara de la espiritualidad perfecta. Sorprende que no necesitaran hacer ningún esfuerzo. Al contrario, al inicio del camino les sumergían en un ambiente de la bondad celestial. Un niño, el nacido de arriba, llora y necesita leche de su madre. Así es como llamaban este grado: la alimentación con la leche maternal.
Pero llegaba la hora, cuando se cumplían los plazos y el Espíritu Santo gracias a las oraciones de los cátaros empezaba su trabajo de la transfiguración. Se ponían en función los mecanismos internos. Llegaba el maligno. Llegaba a su fin el primer utópico grado virgen. Empezaba la batalla. Se necesitaba la dirección espiritual. Los ancianos ayudaban a librarse del deterioro interior, abrir la mente, inspirada por Dios para ver con su ayuda el decaimiento de la naturaleza, llena de pecados, examinarla y odiarla con todas sus consecuencias.
“No es fácil, - enseñaban los ancianos cátaros, - renunciar a sí mismo anterior y al príncipe de este mundo. Primero se necesita verlo tal como es, revelar todas sus astucias y odiarlas todas hasta la última, al darse cuenta con la ayuda de continuas revelaciones divinas de que existe otra alegría, otro mundo, otros ideales, otros valores, tales como la bondad auténtica, un amor indescriptible, la paz”. Sólo entonces el hombre llega a su esplendor. Se puede confiar en él. Su rostro se ilumina con una sonrisa, ya que su alma es feliz y dice: “¿Y qué más? ¡Mi corazón se llena de felicidad! ¡He obtenido tantos prójimos hermosos, queridos hermanos, uno más perfecto que el otro! La gente mundana estaría dispuesta a entregar medio siglo tan sólo por hallar un interlocutor, hermano, marido, mujer, hijo tan dignos. ¡Y son tantos, como si estuviera en el cielo!”
Los votos
8. El siguiente grado de iniciación después de la batalla consiste en hacer votos. Después sigue el ungimiento y la pasión Divina, acompañados por unos niveles multiplicados de la efusión de la bondad del Espíritu-Consolador. La pasión Divina servía de apoteosis. Strastnoe (el rezo resuelto -expiatorio por el mundo) era acompañado por una bondad especial de los compasivos corderos cátaros.
¡Qué fácil era despojarse entre los cátaros del atavío anterior! Los malos pensamientos eran perdonados rápidamente. El ser anterior se esfumaba, simplemente dejaba de existir.
La doctrina sobre las señales espirituales en la frente
9. Los cátaros tenían una doctrina sobre las señales espirituales en la frente: sobre los principios sagrados de señalar las almas con sellos diferenciadores, cuando éstas llegaban a nuestro mundo. Unos llegan como brujos malvados, otros son incorregibles, los terceros son unas serpientes de procedencia extraterrrestre... Pero la mayor parte de las almas son hermosas, llenas de deseo de vivir en amor y perfección. Tan sólo hace falta ayudarlas y organizar su existencia en condiciones de paz cátara y sabia espiritualidad cátara.
Insisto: los cátaros jamás recurrían al lenguaje de la violencia, considerándola bárbara y déspota, del rex mundi. No hay necesidad de torturarse,- afirmaban los cátaros. La única fuerza motriz que os empuja hacia el Altísimo, es el amor y la Buena Gente que os rodea. El ambiente de una santidad perfecta, tal como es, sin poner esfuerzos interiores hace lo que es imposible alcanzar entre los malos, entre los no purificados de las serpientes de papel del rex mundi.
La música cátara del Reino
10. Voy a mencionar también los cantos cátaros. En una palabra se puede llamar a su música de otro mundo. Los cátaros enseñaban: las palabras externas son sólo el motivo para el silencio sagrado, para la revelación de Cristo como Logos. Esperad el momento, cuando el misterioso Dios os visite y os abrace como a Su prometida con la paz, bondad, amor y la sabiduría perfecta.
Lo mismo se refiere a la organización del rezo. Los cátaros tenían sus propios cantos predilectos. Solían reunirse a menudo en círculo para cantar con encanto oraciones sobre la modificación de las almas.
Pero la música del Reino la consideraban superior al canto exterior, vocálico, algo inalcanzable para las “ ocho voces” ortodoxas y misales católicos. “La música del Reino” significaba un grado de la perforación del oído espiritual y ungimiento de la mente de Cristo para oír los cantos angelicales. Los cátaros llegaban al nivel, cuando se les revelaba la harmonía de las esferas celestiales, el sonido y los hermosos acordes paradisíacos de los querubines por delante del trono divino.
No había existido música semejante sobre la tierra. Era la primera vez, que fue traída al trono cátaro. Scarlatti, Donizetti, Pergolese e incluso el gran Bach, Gendel, Gluck, Bethoven tan sólo intentaban acercarse a la esfera perfecta de la harmonía cátara, asimilada por los milagrosos ungidos de Languedoc...
Era la música de la bondad no terrrenal que no expresaba la adoración o penitencia (la escala común de los estados interiores que se experimentan). La música no subía de la tierra al cielo e incluso bajaba del cielo a la tierra, sino irrumpía en pakibitiye (otra existenciá). Más exactamente, la música de las esferas del Reino celestial, de la sonorización del pensamiento eterno en la Sabiduría de Tres Imágenes.
La apaciguadisima luz de la música cátara se lograba a condición de la completa purificación de la mente y el oído interior. El grado de las esferas musicales cátaras se alcanzaba con la ayuda del carisma profético. Escuchar la música cátara equivale a escuchar la voz de Dios. En efecto, es la voz de Dios en acción. La diferencia con los compases de las partituras, que pertenecen a los músicos comunes, consiste en la infinidad, la irrepetibilidad.
La música reflejaba el modo de pensar entre las sabias órdenes angelicales. Es el trono de Sofía, la justicia suprema, una forma de acercarse a lo interior de la Divinidad , al templo espiritual de nuestro Altísimo, ascender al cielo aun en los días terrenales. Igual que las virtudes que enumeré al principio (paz, perfección, bondad, espiritualidad), la música cátara no se podía explicar en lengua humana: era incomprensible, inintelegible, inalcanzable.
Los cátaros estaban, literalmente, envueltos en las harmonías musicales. Servían de música viva de la paz, una sinfonía de la época messianistica. Cada gesto, mirada, sonrisa suyos eran hermosos sinfónicamente, perfectos musicalmente.
Los principiantes aplaudían de la felicidad que les desbordaba, bisaban a sus queridos tutores, gritaban aleluya.
Imaginaos una ovación después del concierto de un pianista genial, que dura 5, 10, 15 minutos. Un Richter o Anton Rubinstein ha bisado 5-10 piezas cortas. Pero el público no se calma, sigue aplaudiendo más y más... Imaginaos que los aplausos pasan a otro mundo y duran 5, 10 horas interminablemente largas. ¡Qué sagrado cansancio!
Algo parecido experimentaban los principiantes después de bisar durante diez horas a sus Perfectos maestros, genios musicales. Es por eso que iban fácilmente a la hoguera, al sufrimiento, por sus queridos educadores. Se daban cuenta de que con eso sólo aproximaban la hora del Tálamo Nupcial con el Altísimo, que el amor sólo se multiplicaría a través de su pasión. Y por fin se divulgaría el fuego pasional del amor y el príncipe del mundo sería desterrado.
Los cátaros exultaban al pronunciar el último “desterrado”. ¡Llegaría la alegría cátara universal! La civilización cátara, el Dios cátaro reemplazaría al Rex mundi. Multitudes de santos bajarían del cielo a la tierra, y ésta se transfiguraría.
La nueva tierra y el Nuevo Cielo significaban para los cátaros el cielo sin el dominio del príncipe de este mundo y la tierra sin sus artimañas malditas. “¡Ha llegado el reino de Nuestro Altísimo! – repetían los cátaros, aplaudiendo durante sus rezos nocturnos después de sus largas conversaciones y seminarios. – ¡El Reino de Nuestro Altísimo está en acción! ¿Qué pedir más, verdad? ¡Aleluya!”
El servicio
11. Mencionaré también su servicio. Una bondad extraterreste en los cátaros liberaba mucha fuerza para servir al prójimo. Y el amor puro, sin intéres, lujuria y todo lo que persigue a la persona, se liberaba aun más.
El servicio era orgánico para los cátaros. ¿Qué otra forma existe, – decían ellos, – de desahogar el amor que se acumula sobrante? ¡No, ellos tenían que servir! Al contrario, prohibirles servir al prójimo sería el castigo más duro.
No hay nada que impida el desahogo del amor. El amor servía de una gran fuente de fuerza y alimento. ¡La gente sufre tanto sólo por falta de amor! La gente no quiere a Dios y desconocen el amor de Dios por ellos, por lo cual tampoco pueden amarlo. Y sin amar a Dios no son capaces de amar a sus padres, hijos y hermanos.
Los problemas de la humanidad provienen de la falta de amor y se solucionan con su desahogo. Pero para que desahoga del cielo el amor original, - insistían los cátaros, - es indispensable renunciar al príncipe de este mundo y realizar el camino de la acción purificadera interior.
La confesión
12. Entre los devotos cátaros no había necesidad de confesiones diarias.
La confesión se practicaba como el catarsis, como una consciente efusión de la verdad, como la apertura del corazón. Pero superior a la confesión se consideraba el llanto, que también era fácil de alcanzar en el ambiente de bondad y paz perfecta, este ambiente predominante de las comunidades cátaras.
La purificación se realizaba fuera de los recibos, certificados o indulgencias. El perdón de los pecados se sometía a duda en las comunidades cátaras. El cáliz de los pecados se quemaba a través del cambio de la composición y los principios positivos de la cultura cátara: la bondad, el amor y los misterios del camino cátaro. Y sobre todo, a través del primero de éstos – despertar y renunciar a los pilares del príncipe de este mundo.
La dulcísima hermandad del Aposento Nupcial
13. La comunicación entre los cátaros carecía de todo tipo de límites reglamentados. La verdad de la consciencia funcionaba por sí misma: no había nada bajo entre los hermanos. Mientras tanto, los lazos que los unían no eran fraternales, sino matrimoniales.
Era una dulcísima hermandad del Aposento Nupcial, que jamás había existido en la tierra. El propósito de los consagrados al misterio de Cristo (el Santo Grial de Monsegur) consiste en amar al prójimo con Su amor y contraer matrimonio con toda la humanidad. “Vengo a este mundo para entrar en el matrimonio con Dios a través de la sufriente humanidad de la tierra”. Los lazos teogámicos (del Apocento Nupcial) con el Altísimo, el Creador y su creación es uno solo. Sólo entonces se cumplirá la era mesianistica y llegará el Reino de Cristo, cuando las almas lleguen a ser uno solo con el Creador y entre sí.
Los educadores mayores cátaros tomaban por el ideal terrenal al matrimonio feliz y relaciones fieles entre marido y mujer. “Mirad, estos dos han vivido felices, y el Altísimo les ha concedido todo lo necesario – hijos, abundancia, respeto, bienestar. ¡Regalad más y más amor, matrimonial y el superior a éste!”
Los cátaros se herían por falta del amor. No confesaban pecados, sino falta del amor. “¡Perdone, padre, le queremos poco! ¡Perdónenos, santa madrecita, nuestra infidelidad!” Y se herían hasta llorar, corrigiéndose casi al instante.
El amor entre los puros
14. El amor hacía milagros, aniquilando mentiras, hipocresías, malas intenciones. El amor entre los puros divulgaba el Reino de Cristo, y en el más breve plazo.
Los cátaros insistían en la denominación “Nuestro Altísimo”, diferenciándolo de las grapas y aditivos del Rex Mundi. Es imprescindible, - decían, - purificar la imagen de Dios ante nuestra visión interior. Si no, no tiene sentido empezar el camino espiritual”.
¡Qué puros hombres de Dios! Ni una sola artimaña del Diablo, nada de brujería, magia, ni una minúscula confusión de la mente. Estar entre los cátaros significaba permanecer en el ambiente de su efusión incondicional de la bondad (sin hacer caso de las debilidades de quien sea).
P.S.
La doctrina cátara sobre los difuntos
Los difuntos son felices, se van al mundo eterno para regresar a los brazos del Padre. Pasan por todas sus pruebas (el ciclo purificador, destinado a sacudir el polvo venenoso del Rex mundi) y se ven rodeados por la bondad celestial.
La vida transcurriría eternamente, no habría necesidad de dolencias y muertes, si la lujuria del príncipe de este mundo no hubiera agarrado en lo interior, es asi como lo comprenden los difuntos. Y la mayoría de ellos, señalados en la frente con los sellos divinos, se calman en el Seno del Altísimo. ¡Qué felices son al librarse de las trampas del Rex Mundi! Qué compasión llena sus corazones, cuando contemplan a sus prójimos, que aun siguen sufriendo en la tierra: “pobres, pobres presos, qué pena nos dan...”
Una piedad infinita se apoderaba de sus almas por su camino al mundo eterno. Les esperaba el regreso a los brazos del Padre.
Los cátaros ni siquiera consideraban necesario rezar por sus difuntos. Más bien, los evocaban para que los despiertos del otro mundo ayudaran a despertarse a los torturados “de este lado” de la existencia real. El Altísimo previó la libración de los lazos del cuerpo terrenal para devolver al hombre al mundo de Su amor, recibirlo en los brazos Paternos. Y para los Perfectos, que ya habían alcanzado la paz en el presente a tráves de la victoria sobre su príncipe astuto, el paso a la eternidad significaba el Aposento Nupcial y los grados superiores de la divinización.
El amor que no existe ni siquiera en el cielo, es alcanzable en la tierra. Y al dejar este mundo, el Perfecto asciende a los altos cielos, es decir a las esferas del amor supremo. Pero ya no se puede decir nada de ellos en el presente orden. En la tierra están sellados incluso para la mayoría de los despiertos...
Los cátaros es un amor loco, una grandísima revelación y desahogo del amor. Una nueva mirada al hombre: limpia, purificada, tal como es él en los ejemplares perfectos ante la mirada perfecta de las fuerzas celestiales.